Vivo en los ojos de los demás

VIVO EN LOS OJOS DE DESCONOCIDOS

En el artículo de hoy me gustaría traeros un pequeño relato que, creo, simboliza un sentimiento muy profundo: La soledad.

Por supuesto, el texto es libre de ser interpretado como uno desee. Lo que vivimos, aunque sea lo mismo, va a reverberar diferente en cada uno de nosotros.

Una trompeta tocaba en la plaza desierta. Un aroma meloso le llegaba de las flores que colgaban de los postes. Las nubes tapaban el sol, pero aun así sudaba a causa del calor y la humedad.

            Se imaginó una vida con la dama de ojos verdes sentada al otro extremo de la terraza. Creía que sería energética, así que fingió que él también lo era; pensaba que sería curiosa, así que se imaginó que cada día le enseñaba una cosa nueva. Cuando ella fuese terca, él sabría calmarla; cuando él fuese brusco, ella le cantaría hasta que cayese dormido. Vivirían en una casa naranja, con un felpudo gracioso en la puerta, y cada día saldrían a dar un paseo por el puerto.

            Al cabo de la tarde, la mujer se levantó, agarró del brazo a su acompañante y se marchó de su vida inventada. Cuando la perdió de vista, terminó su café negro y recogió su cuaderno. Dejó un puñado de céntimos en la mesa y abandonó la terraza sin que nadie se diese cuenta.

            Se movió por las calles sacudidas por la brisa marina. El sol caía en el horizonte y las sombras de los edificios de colores engullían las calles estrechas. La gente volvía a sus casas, pasándole de largo. Los miraba a la cara, pero nadie reparaba en él. Se fijaba en el destello de sus ojos, en el reflejo del mundo en sus pupilas ensanchadas por la penumbra; se imaginaba cómo sería la vida tras ese espejo.

            Llegó a la universidad. Olía y parecía medieval, salvo por los enchufes en las paredes. Se adentró por uno de los postigos discretos que usaban los doctores y catedráticos en las últimas horas del día.

            Saludó a la portera bajando la cabeza. La mujer apenas levantó la vista del televisor. La suya era una mirada rutinaria y desidiosa. Se escurrió lo más rápido que pudo y continuó directo a los dormitorios.

El edificio de los estudiantes era paupérrimo. Lo atravesó de camino al de los profesores. Siempre tomaba aquel desvío para evitar al conserje; su mirada gélida le ponía los pelos de punta.

            Los alumnos veteranos charlaban en los pasillos y fumaban en las ventanas. Los recién ingresados cerraban las puertas e hincaban los codos. Muy pocos le reconocían de sus clases.

            Llegó a la puerta que conectaba con la casa de los profesores y la cerró detrás de sí. Tomó aire y redujo el paso. A diferencia de las viviendas de estudiantes, los pasillos eran ostentosos y le gustaba apreciar los cuadros.

            La mayoría de los dormitorios estaban cerrados. De vez en cuando, pasaba enfrente de un despacho repleto de catedráticos discutiendo a plena voz acerca de nimiedades como el género de los ángeles. Siempre se demoraba en el marco de las puertas para observar el humillo de las pipas y el resplandor de las velas. Se quedaba minutos enteros de pie enfrente de eruditos en el ocaso de la vida que discutían sobre la bondad de la guerra en tiempos de paz. Después, se daba media vuelta y continuaba hacia su dormitorio sin llamar la atención.

            Alcanzó su puerta y sacó las llaves. Una vez más, estaba cerrada con los mismos giros que le había dado cuando salió por la tarde. Su dormitorio contaba con una litera. Cada día salía a la calle esperando encontrarse con un nuevo compañero al regresar.

            Abrió la puerta y la penumbra le resultó amarga. Le dio al interruptor con suavidad, revelando una habitación impoluta. La cama tenía las sábanas tersas, pegadas al colchón y sin ninguna arruga. El terciopelo del suelo mantenía el espesor, sin ninguna mancha o calva. Los apuntes e informes estaban cuidadosamente organizados en un archivador de acero sobre su escritorio.

            Se desvistió y dejó las prendas dobladas con esmero a los pies de la cama. Posó encima el cuaderno y lo aplastó contra la prenda con suavidad; así sentía que la vida del mundo exterior se quedaba en los confines de ambas piezas. Con un pijama de lana, se sentó al borde de la cama. Tomó aire y suspiró hasta quedarse sin aliento. Se soltó la coleta y rebuscó debajo del armazón de la cama hasta sacar una cajita de madera.

            Era ancha, pero no muy profunda. El encerado estaba desgastado pero las filigranas de plata aún brillaban con la lámpara. La abrió con cariño.

            Dentro había un cuadernillo de pintura, con la piel áspera al tacto. Lo abrió por la última página y observó los ojos que había pintados en ella. De arriba abajo, cada ojo había pertenecido a una persona cuyo brillo le había intrigado.

Con un carboncillo, trataba de capturar aquella sensación de familiaridad, el sentimiento de que podía residir en la luz de sus miradas. Dibujaba el blanco de los ojos, el iris y la pupila. Como en una especie de capricho, siempre dejaba un círculo en blanco en mitad de la imagen; allí se dibujaba a sí mismo, tal y como creía que la persona le había visto. A veces era monstruoso, otras bello; la mayoría de las veces era él, menudo, fibroso y de expresión asustada. Cada vez se le daba mejor; las sombras, el contraste entre el blanco y el negro… Sin embargo, jamás había logrado plasmar aquella misma sensación de esperanza cómo cuando lo vivía en persona.

            Como todas las noches, cogió un carboncillo. Empezó a dibujar el ojo de un niño. La criatura por poco había tropezado con él aquella mañana. Había estado corriendo de espaldas y riendo. En el último momento, su madre gritó y el niño se apartó a tiempo. Cuando le miró avergonzado, vio que había perdido la sonrisa, pero, en su pupila, se vio a sí mismo.